RESOLUCIÓN


Deseoso de seguir; simplemente comencé un itinerario agradable en la cabeza del conductor.

CONVERSACIÓN ENTRE DIOS Y UN PROFETA


Dios: (reconciliador) Nunca he querido verte fuera de mi paraíso.
Profeta: ¿Por benevolencia?
Dios: No... tal vez porque intuyo una bestia milenaria debajo de tu ropa.

FOTOGRAFIA MAÑANERA DE LA MUERTE


La muerte llego a las diez con un vestido azul muy bonito, con pedazos de pan fresco colgados en su cintura y envolviendo con sus cabellos a los pollos que no lograban cantar la canción de los minutos a esa hora (pobres minutos tantas veces cantados). En ese momento, o tal vez en otro momento el chico de verde comenzó a inyectarse la anestesia necesaria para dormir a un elefante.

Los hijos de la muerte que siempre andan descuartizando pollos (los pollos que su madre envuelve cuando llega a mi casa por las mañanas) comenzaron a producir sin que yo pudiera advertirlo; una serie de golpes milenarios sobre esas paredes blancas del cerebro, en donde una razón ignorante se desliza impúdica –como mantequilla– sobre el tiesto caliente del sentido.

La verdad es que esa mañana la muerte vino, se fotografió con estas letras y se fue dejando un sabor a desaire en el viento.

POR LA PANAMERICANA






La montaña terminó a los pies de Miguel, mientras un escalofrió –que fue silencio primero y luego retorno–, nos sentó con morrales y todo a ese borde de carretera que tanto amábamos. La ternura fue ver dos hojitas negras que jugaban entre el viento sobre la eterna línea amarilla de nuestros sueños. La idea de viajar dormidos era también imaginar una especie de muerte en carretera. Algo así como una abuela tierna que cuando se aburre de caminar le da por hablar con los desconocidos.

HEROINÓMANO

Mientras salían sus demonios, el hombrecillo de viento se desvanecía y nacía fuerte (pegado a una teta que olía a amapola).

LA BAÑERA




La llovizna de la mañana era un monstruo dorado sobre la cabeza del hombre blanco. Sus amores, eso lo digo por evitarme molestias; a veces parecían chillidos de tuercas flojas. Se diría por los gestos de su cara y por un pasar tembloroso de sus manos sobre el sexo; que una desgracia lejana comenzaba a caminar a esa hora hacia su encuentro.

Al otro lado del jardín apareció sin que pudiéramos advertirla, la señora de la felicidad eterna. Una guardiana inexperta que no dejaba de mirar al hombre blanco de la bañera.

El Cañón del Chica Mocha.















La gran montaña aun sentía miedo por el hombrecito de viento –que con su mirada tórrida todo lo tocaba –. A las tres de la tarde comenzaron a temblar (en estos mismos aislados parajes) las campanas que siempre cuelgan de los camiones con cilindros de gas marca TAL. El hombrecito de viento fue para esa hora un vaporoso oso de pan, un mechón con ojos torpes que al verse con el hechicero de los ojos negros; originó tres abrazos y dos puñaladas que resultaron acomodándose socarronamente en esa parte del cerebro donde se recicla lo sentido.

Aquí pasa una etiqueta marca TAL sobre una corriente de aire y en el fondo se asume la presencia de una montaña que puede ser el cañón del chica mocha.