




La montaña terminó a los pies de Miguel, mientras un escalofrió –que fue silencio primero y luego retorno–, nos sentó con morrales y todo a ese borde de carretera que tanto amábamos. La ternura fue ver dos hojitas negras que jugaban entre el viento sobre la eterna línea amarilla de nuestros sueños. La idea de viajar dormidos era también imaginar una especie de muerte en carretera. Algo así como una abuela tierna que cuando se aburre de caminar le da por hablar con los desconocidos.
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