
La muerte llego a las diez con un vestido azul muy bonito, con pedazos de pan fresco colgados en su cintura y envolviendo con sus cabellos a los pollos que no lograban cantar la canción de los minutos a esa hora (pobres minutos tantas veces cantados). En ese momento, o tal vez en otro momento el chico de verde comenzó a inyectarse la anestesia necesaria para dormir a un elefante.
Los hijos de la muerte que siempre andan descuartizando pollos (los pollos que su madre envuelve cuando llega a mi casa por las mañanas) comenzaron a producir sin que yo pudiera advertirlo; una serie de golpes milenarios sobre esas paredes blancas del cerebro, en donde una razón ignorante se desliza impúdica –como mantequilla– sobre el tiesto caliente del sentido.
La verdad es que esa mañana la muerte vino, se fotografió con estas letras y se fue dejando un sabor a desaire en el viento.
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