


La llovizna de la mañana era un monstruo dorado sobre la cabeza del hombre blanco. Sus amores, eso lo digo por evitarme molestias; a veces parecían chillidos de tuercas flojas. Se diría por los gestos de su cara y por un pasar tembloroso de sus manos sobre el sexo; que una desgracia lejana comenzaba a caminar a esa hora hacia su encuentro.
Al otro lado del jardín apareció sin que pudiéramos advertirla, la señora de la felicidad eterna. Una guardiana inexperta que no dejaba de mirar al hombre blanco de la bañera.
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